El profesor Joubert siempre
pedía dos cuadras más. Una cuadra más. Doscientos metros más: - Hay que tirar
la bala lejos, decía. Le puse un mundo durante los ensayos y lo logré, pero,
llegado el gran momento cuando arribamos a los muros de la Catedral de Cumaná,
simplemente no pude dar otro paso. Y
menos sostener al gordo. La historia comienza tres meses antes, a principios de
enero de 1975. Por esos días algunas
compañeras de clase como Franca Caserta o Francis Mery, ya hablaban del asunto
hasta por los codos. Que buscaban gente para la banda, decían. Que al irse los
del sexto grado del año lectivo anterior, ¡Nos tocaba a nosotros!. Al día siguiente, así como dicen, por obra y
gracia, se presentó en el salón una monja joven llamada Teresa con el fin de
recordarnos la importancia del asunto sacro aquel de la Primera Comunión. Casi todos levantaron la mano para tomar el
curso de Catecismo. Digo casi todos porque yo no me anoté cuando a mí en
particular me preguntaron. Que no. Que:
-En mi casa no creen en eso de estatuas de santos, ni en curas con vestidos
respondí erguido como un clavo. Mi reacción produjo que la clase me mirara con entrecejo molesto, menos la Hermana que con
su sonrisa santa respondía que entendía,
que entendía.
Se va la monja, nosotros que
leemos alguna cosa en el libro Arcoiris y en eso llega el profesor
Joubert. Las demás educadoras eran tan sólo maestras, pero Joubert, era el
profesor de música: una cosa muy distinta. -Estamos organizando la Banda
Escolar para este año..interesados, levanten la mano para el examen...
-dijo. Lo que sucedió después, podría perfectamente encuadrar en lo que hoy
conoceríamos como el propio cogeculo, pero ¡vamos! que hablamos desde la
ternura de mi escuela, la República Argentina. Ganándome todos en velocidad, pasó que me
engatillé en la respuesta y no pude decir ni ñé en la repartición de las plazas
para redoblantes y granaderos. Y no
quería ser trompeta. Las liras y los platillos eran para las niñas: -Muchachos, sólo queda el
bombo...¿candidatos? Nojoda, yo pues!, Pensé muy decidido, levantando la
mano. Al decir esto, me pareció que mis compañeritos de clase podían ver en el
futuro, el trato cruel e injusto que la vida me depararía y pusieron la cara
conmiserativa y solidaria de la Hermana Teresa aquella que entendía, que
entendía.
La primera vez que vi al
gordo, no me pareció difícil.
-Álvarez, dijo el profe, es
cuestión que te acostumbres al peso. Ayúdate con el arnés y pon la espalda
derecha. Ahora que lo pienso, el bombo vendría a ser como aquel niñito adiposo
y a veces incomprendido: ¿Estaría para siempre el gordo sentado en el rincón de
las arañas que tejen y destejen sus tristezas?
El Gordo. Así lo bauticé.
Adaptarse a un instrumento tan
voluminoso como el bombo no es cosa fácil qué va. Yo tenía que lidiar con él y
con los tempos perfectos de la marcha sin perder el paso y eso mi pana, no era
cualquier pendejada. Que los ensayos
fueran en enero, febrero y marzo, hacían la cosa más llevadera. Durante esos
meses los vientos trapecistas venidos de la fosa de Cariaco le pasaban por
encima a nuestras casas y llegaban al ensayo en la avenida Gran Mariscal para
ayudarme entre sus brisas con El Gordo.
Abril.
Se acercaba el evento
principal. La confección de los uniformes tardaba y Joubert entraba en crisis
con el paso de los días. Él sabía que estaríamos preparados, que los uniformes
llegarían a tiempo, pero algo le preocupaba y me miraba con cariño como solo se
mira a un perro fiel y bueno.
Miércoles Santo. 9:00 de la
mañana.
Todos uniformados y
desayunados. El profesor Joubert ordena la partida. ¿La ruta trazada? Av. Gran
Mariscal-Redoma de la antigua PTJ-Av. Gran Mariscal-Calle Montes-Catedral. ¿Facilito?
Eso era lo que yo creía. Ah, pero había
un detalle: El sol tan arrecho. Y sin que pegara una brisita de esas de
principios de año. Otro detalle: El uniforme era un sauna. Chaqueta cerrada,
gruesa, manga larga con su camisa y franela, sombrero de copa alta, pantalón
con igual tela y botas altas. Para cuando íbamos a la altura de la Calle
Montes, yo iba boqueando… verga, descansan las liras, descansan los
trompetas pero el gordo nunca y yo que lo cargo a él... Adelante, la imagen
de Jesús, la banda marcial del Batallón Mariño 52, la banda de Las Carmelitas,
del Santo Ángel y en el quinto coño, nosotros botaos.
La verdad sea dicha.
La procesión se detiene un
poco para que la alcancemos, llegamos graniaos a la Catedral y como te digo al
principio, no pude dar un paso más. Abotagado y casi sin sentido producto todo
del calor extremo, creí sentir al profe agarrándome por el arnés cual pollito y
allá en las escalinatas de la iglesia, estaba parada la monja que entendía, que
entendía, mirándome preocupada. De pronto reacciono y estoy sentado en una de
las bancas de la iglesia, miro un pitillo que se acerca a mis labios, una malta
friíta y a la Hermana Teresa a mi lado brindándome cuidados como de madre.
Nunca podré olvidar eso. Ver a mi alrededor y maravillarme, fue la misma cosa.
Nunca había visto yo una iglesia católica por dentro. Todo era brillante y todo
me cautivaba. Pisos lustrados hasta la exageración, la madera de las bancas
pulidas con toneladas de aceite Teca y una hermosa monja que me leía cada
pensamiento y que entendía, que entendía. Hablamos me parece, que de muchas
cosas hasta que nos despedimos, y con el pasar de los años nos vimos muchísimas
veces. Hace poco supe que murió y lo lamenté bastante. A mí me desarmó
encontrarme con una persona tan dulce y tolerante como la Hermana Teresa y eso
pues, es muy difícil de olvidar.
Me enfilé hacia la puerta de
la Catedral preguntándome cuántos meses duraría el chaleco de mis panas, pero
no. Todos me abrazaron en sonrisas, montamos los instrumentos en un camión y
nos fuimos juntos a comernos un sanguche con su fresco que nos brindaron en El
Consulado. Esta va para muchos amigos que profesan como fe el catolicismo y
para tanto cura que cuidando gentes en todo el mundo han perdido hasta sus
vidas. No he dejado de lado las creencias que me sembraron, pero si me
preguntaran, diría que soy hoy por hoy, el más católico de los protestantes.
O al revés.