Tuvieron que labrarse un arte de vivir en tiempos de
catástrofe, para nacer una segunda vez, y en seguida luchar, a rostro
descubierto, contra el instinto de muerte que está activo en nuestra historia.
Albert Camus
Esas palabrejas bonitas y esperanzadoras que te dice la gente cuando
estás de malas. Una que yo recuerdo ahora con mucho cariño, es aquella de “No hay mal que dure cien
años, ni cuerpo que lo resista”. Te digo, prácticamente no había en todo el piso cinco, una sola
persona que no se acercara a mi cama -que de muchas maneras era mi celda- con
esas y otras lindas expresiones solidarias. Típico. Naturalmente, cuando tú
tienes seis años y estás confinado a una cama y el médico lacónicamente le desliza
entre susurros a tu madre que tu estancia en el hospital puede extenderse hasta
tres meses más dependiendo de la evolución de tu pierna y de que -por vida de
Cristo- entiendas que debes quedarte tranquilo, cualquier bonitura que te digan
te suena a mentada de madre.
La situación era seria y desconcertaba a mis padres debido a la
particular circunstancia de que el correr, el saltar y, en una palabra, el
estar siempre jodiendo por ahí, era mi sino característico y por eso mismo
tenía que pagar el precio en el Hospital Miguel Pérez Carreño. Nada, que había
que “inventarse una”, decía mi padre. Una tarde en que la abulia me abatía,
llegó de visita mi abuela Ignacia. Ella, ahora que lo pienso, no podía ser de
este planeta. Decía, por ejemplo, que una mujer debía caminar con el garbo de
una señora llamada María Félix. Que había que usar tacones todo el tiempo. Que
el sobretodo era fundamental y que, por añadidura, una mujer tenía que saber
leer. Sí. Leer: el gran misterio en el que ella abrevaba allá, en “El Cuarto de lo Imposible”, como llamaba a su estudio.
Esa tarde gloriosa, tocó la puerta de la habitación, dio las buenas
tardes a los presentes y comenzó a bailar charleston, su rutina preferida. Mi
alma zurumbática comenzó a sonreír al besarme mi abuela entre arrumacos y poniéndome
encima de la panza un gran bolso atapuzado de regalos. Libros. La cosa iba de
libros empastados y aunque no tenía el hondo significado de cuando Primo Levy
le leía a Pikolo, su compañero de infortunio en Auschwitz, trozos y trozos de “La Divina Comedia”, puedo considerar a “La Cabaña del Tío Tom” como el primer libro fundamental de
mi vida a pesar de la parquedad del texto condensado y la profusión de imágenes.
A muchos les parece curioso que me iniciara con un libro tan triste en el que
un viejo esclavo del sur de los Estados Unidos sufría vejaciones y abusos, pero
por razones que ignoro lo preferí al amor infantil que Becky Thatcher sentía
por ese genial pilluelo llamado Tom Sawyer. Y ni hablar de los niñitos en “Corazón” de D’Amicis.
Creo que, de alguna manera, todos buscamos impregnarnos una y otra vez
de aquellas emociones conforme al viejo artilugio de tratar de hacer memoria
sobre ese desvencijado primer libro. Sentir, por ejemplo, el coraje de la niña
Evangeline, amiga del viejo esclavo cristiano de Kentucky, o la furia de Acab el
marino iracundo que, resuelto, se enfrentó a la gran ballena blanca. Un sinfín
de historias marcaron mi infancia atribulada y en todas quiero buscar la huella
que la lectura ha dejado en mí.
Un poco más adelante, a los trece años, “Jesús de Gramovén” era el libro más comentado en los círculos
“intelectuales” de mi primer año en el Ciclo Básico Común. Arribar al
bachillerato, era motivo de orgullo y conocer la historia de este Jesús
caraqueño, de barrio y de escalinatas, era preciso. Jesús de postes de luz mil
veces meados y de mucho malandreo, la
palpitación voluntariosa que nos traía un nuevo mundo deambulaba en algún
rincón de las mentes de todos los que más o menos leyeran y allí estaba yo, que
sin ser el primer chicharrón de la vaina, ya me sabía al caletre “La leyenda del Horcón” y los fríos cordilleranos de la loca
Luz Caraballo. Ojalá que todo aquel que tome un libro entre sus manos, lo
desmenuce y digiera como si fuera esa última y patibularia cena, pero por
suerte o por desgracia, las cosas no son así.
Lo que sí es verdad es que en todas las casas de mis amigos y también
en la mía, en los entrepaños de las muy modestas bibliotecas se suscitaban
poderosos debates. Así, la ventruda antología de poemas recogidos bajo el
nombre de Luis Edgardo Ramírez competía con el “Humor y Amor” de Nazoa y estos dos con “Yo visité Ganímedes” de Rodolfo Benavides y este con “Los Amos del Valle” y entre todos
trataban de hacerle cayapa a Reiner María Rilke, pero el poeta adoraba a Kafka
y este a Gregorio Samsa, y Samsa…pana, no puedo llegar ”Hasta Cien Libros” parodiando a Uslar Braun. Pero ¿cómo
te relacionas con un mundo de papel absorbente que todo lo desecha por el
bajante? Con la lectura, entiendo yo. Leer te vuelve intocable. Nada puede
contigo.
En mis tiempos de estudiante, no había manera de financiar un vicio tan
poderoso, por llamarlo así. Se planteaba el viejo dilema de, o pagas la renta impostergable
en la residencia más la universidad, o te compras un libro bien editado y por
tanto no había caso: los estudiantes que no queríamos morir ahogados dada la
vasta e intrincada realidad, llegábamos en manadas multitudinarias hasta el
puente de la Avenida Urdaneta hurgando entre ediciones de bolsillo y otras presentaciones
de entredicha calidad, pero esas vainas a nadie le importaban. La cosa era
encontrar algo que nos salvara el pellejo a cambio de pagar cinco bolos. De
esta manera logré toparme con “Elena y los elementos y otros poemas” de Juan Sánchez Peláez, además del famoso “El acusado y el psiquiatra” y de “El Crimen Inconsciente” con autoría de su hermano Abel. Todavía
conservo esos tres libros como un tesoro, y tal cual son. Un pelabolas era yo,
pero un pelabolas feliz llenando aquella humilde alacena con toda suerte de aventuras
más un “Bolívar de
carne y hueso” de
amores trashumantes con “La esposa del Doctor Thorne”, de Denzil Romero. La lectura en la vida de
un hombre, se convierte en la historia de todos los hombres.
Por estos días le preguntaba a Edilio Peña cómo sabe cuando termina la
carrera de un escritor. “Un escritor no termina nunca de ejercer su oficio”,
fue su respuesta. A mí me parece estupendo para nosotros los lectores, si
consideras por un momento estos ejemplos.
Tomaré la
experiencia de Laure Adler quien, refiriéndose a la muerte de su hijo, declaró:
“Si no me quité la vida, fue porque
casualmente me topé con “Un dique contra el Pacífico” de Marguerite Duras”, que
encontré en una casa alquilada para el verano:
“.. .de
hecho siempre tuve el sentimiento de que me estaba esperando. Ese verano
acababa de pasar por una de esas pruebas de las que uno cree que nunca podrá
reponerse. Me consta que un libro, al trocar mi tiempo por el suyo, el caos de
mi vida por el orden del relato, me ayudó a recuperar el aliento y a avizorar
un futuro. La feroz determinación y la inteligencia del amor que manifiesta la
muchacha de Un dique seguramente contribuyeron mucho a lograrlo.”
De manera que, simplemente hago lo mismo que
otros han hecho desde el principio de los tiempos: cobijarme siempre en la
lectura en momentos de aflicción y también en lo festivo. Puede el mundo dar mil
vueltas. Puede la convulsión apresar la mente de millones y sin embargo la
novela que te espera pacientemente es mucho más importante. Sentirme como un
vulgar reo encadenado a la luz de un amarillento candil no significa nada si
dejo que la lectura ponga el orden necesario.
Un secreto comparten autor y lector al que nunca nadie ha tenido ni
tendrá acceso. Un universo de conjunciones sonoras. Todo está sujeto a un
arreglo consensual en el que las letras confluyen en el gran río del
pensamiento y todo espesor se disuelve en ese río y toda opacidad se
transparenta en sus orillas.
17 de abril de 2021