viernes, 18 de junio de 2021

LEER EN LOS TIEMPOS CRÍTICOS (EL LECTOR QUE SOY)

 


 

Tuvieron que labrarse un arte de vivir en tiempos de catástrofe, para nacer una segunda vez, y en seguida luchar, a rostro descubierto, contra el instinto de muerte que está activo en nuestra historia.

Albert Camus

 

Esas palabrejas bonitas y esperanzadoras que te dice la gente cuando estás de malas. Una que yo recuerdo ahora con mucho cariño, es aquella de “No hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista”. Te digo, prácticamente no había en todo el piso cinco, una sola persona que no se acercara a mi cama -que de muchas maneras era mi celda- con esas y otras lindas expresiones solidarias. Típico. Naturalmente, cuando tú tienes seis años y estás confinado a una cama y el médico lacónicamente le desliza entre susurros a tu madre que tu estancia en el hospital puede extenderse hasta tres meses más dependiendo de la evolución de tu pierna y de que -por vida de Cristo- entiendas que debes quedarte tranquilo, cualquier bonitura que te digan te suena a mentada de madre.

La situación era seria y desconcertaba a mis padres debido a la particular circunstancia de que el correr, el saltar y, en una palabra, el estar siempre jodiendo por ahí, era mi sino característico y por eso mismo tenía que pagar el precio en el Hospital Miguel Pérez Carreño. Nada, que había que “inventarse una”, decía mi padre. Una tarde en que la abulia me abatía, llegó de visita mi abuela Ignacia. Ella, ahora que lo pienso, no podía ser de este planeta. Decía, por ejemplo, que una mujer debía caminar con el garbo de una señora llamada María Félix. Que había que usar tacones todo el tiempo. Que el sobretodo era fundamental y que, por añadidura, una mujer tenía que saber leer. Sí. Leer: el gran misterio en el que ella abrevaba allá, en “El Cuarto de lo Imposible”, como llamaba a su estudio.

Esa tarde gloriosa, tocó la puerta de la habitación, dio las buenas tardes a los presentes y comenzó a bailar charleston, su rutina preferida. Mi alma zurumbática comenzó a sonreír al besarme mi abuela entre arrumacos y poniéndome encima de la panza un gran bolso atapuzado de regalos. Libros. La cosa iba de libros empastados y aunque no tenía el hondo significado de cuando Primo Levy le leía a Pikolo, su compañero de infortunio en Auschwitz, trozos y trozos de “La Divina Comedia”, puedo considerar a “La Cabaña del Tío Tom” como el primer libro fundamental de mi vida a pesar de la parquedad del texto condensado y la profusión de imágenes. A muchos les parece curioso que me iniciara con un libro tan triste en el que un viejo esclavo del sur de los Estados Unidos sufría vejaciones y abusos, pero por razones que ignoro lo preferí al amor infantil que Becky Thatcher sentía por ese genial pilluelo llamado Tom Sawyer. Y ni hablar de los niñitos en “Corazón” de D’Amicis.

Creo que, de alguna manera, todos buscamos impregnarnos una y otra vez de aquellas emociones conforme al viejo artilugio de tratar de hacer memoria sobre ese desvencijado primer libro. Sentir, por ejemplo, el coraje de la niña Evangeline, amiga del viejo esclavo cristiano de Kentucky, o la furia de Acab el marino iracundo que, resuelto, se enfrentó a la gran ballena blanca. Un sinfín de historias marcaron mi infancia atribulada y en todas quiero buscar la huella que la lectura ha dejado en mí.

Un poco más adelante, a los trece años, “Jesús de Gramovén” era el libro más comentado en los círculos “intelectuales” de mi primer año en el Ciclo Básico Común. Arribar al bachillerato, era motivo de orgullo y conocer la historia de este Jesús caraqueño, de barrio y de escalinatas, era preciso. Jesús de postes de luz mil veces meados y de mucho  malandreo, la palpitación voluntariosa que nos traía un nuevo mundo deambulaba en algún rincón de las mentes de todos los que más o menos leyeran y allí estaba yo, que sin ser el primer chicharrón de la vaina, ya me sabía al caletre “La leyenda del Horcón” y los fríos cordilleranos de la loca Luz Caraballo. Ojalá que todo aquel que tome un libro entre sus manos, lo desmenuce y digiera como si fuera esa última y patibularia cena, pero por suerte o por desgracia, las cosas no son así.

Lo que sí es verdad es que en todas las casas de mis amigos y también en la mía, en los entrepaños de las muy modestas bibliotecas se suscitaban poderosos debates. Así, la ventruda antología de poemas recogidos bajo el nombre de Luis Edgardo Ramírez competía con el “Humor y Amor” de Nazoa y estos dos con “Yo visité Ganímedes” de Rodolfo Benavides y este con “Los Amos del Valle” y entre todos trataban de hacerle cayapa a Reiner María Rilke, pero el poeta adoraba a Kafka y este a Gregorio Samsa, y Samsa…pana, no puedo llegar ”Hasta Cien Libros” parodiando a Uslar Braun. Pero ¿cómo te relacionas con un mundo de papel absorbente que todo lo desecha por el bajante? Con la lectura, entiendo yo. Leer te vuelve intocable. Nada puede contigo.

En mis tiempos de estudiante, no había manera de financiar un vicio tan poderoso, por llamarlo así. Se planteaba el viejo dilema de, o pagas la renta impostergable en la residencia más la universidad, o te compras un libro bien editado y por tanto no había caso: los estudiantes que no queríamos morir ahogados dada la vasta e intrincada realidad, llegábamos en manadas multitudinarias hasta el puente de la Avenida Urdaneta hurgando entre ediciones de bolsillo y otras presentaciones de entredicha calidad, pero esas vainas a nadie le importaban. La cosa era encontrar algo que nos salvara el pellejo a cambio de pagar cinco bolos. De esta manera logré toparme con “Elena y los elementos y otros poemas” de Juan Sánchez Peláez, además del famoso “El acusado y el psiquiatra” y de “El Crimen Inconsciente” con autoría de su hermano Abel. Todavía conservo esos tres libros como un tesoro, y tal cual son. Un pelabolas era yo, pero un pelabolas feliz llenando aquella humilde alacena con toda suerte de aventuras más un “Bolívar de carne y hueso” de amores trashumantes con “La esposa del Doctor Thorne”, de Denzil Romero. La lectura en la vida de un hombre, se convierte en la historia de todos los hombres.

Por estos días le preguntaba a Edilio Peña cómo sabe cuando termina la carrera de un escritor. “Un escritor no termina nunca de ejercer su oficio”, fue su respuesta. A mí me parece estupendo para nosotros los lectores, si consideras por un momento estos ejemplos.

Tomaré la experiencia de Laure Adler quien, refiriéndose a la muerte de su hijo, declaró: “Si no me quité la vida, fue porque casualmente me topé con “Un dique contra el Pacífico” de Marguerite Duras”, que encontré en una casa alquilada para el verano:

“.. .de hecho siempre tuve el sentimiento de que me estaba esperando. Ese verano acababa de pasar por una de esas pruebas de las que uno cree que nunca podrá reponerse. Me consta que un libro, al trocar mi tiempo por el suyo, el caos de mi vida por el orden del relato, me ayudó a recuperar el aliento y a avizorar un futuro. La feroz determinación y la inteligencia del amor que manifiesta la muchacha de Un dique seguramente contribuyeron mucho a lograrlo.”

De manera que, simplemente hago lo mismo que otros han hecho desde el principio de los tiempos: cobijarme siempre en la lectura en momentos de aflicción y también en lo festivo. Puede el mundo dar mil vueltas. Puede la convulsión apresar la mente de millones y sin embargo la novela que te espera pacientemente es mucho más importante. Sentirme como un vulgar reo encadenado a la luz de un amarillento candil no significa nada si dejo que la lectura ponga el orden necesario.

Un secreto comparten autor y lector al que nunca nadie ha tenido ni tendrá acceso. Un universo de conjunciones sonoras. Todo está sujeto a un arreglo consensual en el que las letras confluyen en el gran río del pensamiento y todo espesor se disuelve en ese río y toda opacidad se transparenta en sus orillas.

17 de abril de 2021

 

 

 

 

ALIEN (EL OCTAVO PASAJERO)

 


(In space no one can hear you scream)

Esa película la he visto antes y no me refiero a Alien.

Año 2122. Nostromo, una peculiar nave espacial, surca los espacios interestelares fría y laberínticamente. Viene de regreso a la Tierra, luego de colectar veinte millones de toneladas en metales raros que tomó de algún cuerpo celeste. Sus siete tripulantes mientras tanto, duermen el sueño de los justos criogénicamente. Hibernan a pata suelta. A la buena de Dios, para ponerlo bien claro. El punto es que insólitamente estos científicos son despertados del sueño profundo, porque la computadora notifica que algo o alguien pide ayuda en tal planeta y los tipos sin pensárselo mucho, hasta allá se llegaron. Te hablo de Alien, la película, que aun cuando es considerada una obra maestra del suspenso, déjame decirte que en toda la historia del celuloide, hay pocos films que no vengan empacados en eso mismo: el “suspenso”. Sin suspenso, a ti no te daría tiempo de comerte las cotufas con su fresco a lo largo de la peli. Te quedarías afuera hablando con un pana, ahí ladillao porque claro, si no te mantienen al borde de la butaca, no hay ritmo. Otro ejemplo sería el de la muchacha que despreocupadamente nada en la laguna negra y de pronto se de cuenta de que el monstruo viene subiendo desde el fondo de las aguas y huye despavorida. ¿Cuál sería la gracia si no la sorprenden cerquita? Ni las novelas más balurdas se salvan. No puedo ni imaginarme una escena por ejemplo, sin un timbre en la puerta:

(ding, doooong)

Cejas arqueadas y premonitorias de la protagonista, que detiene abruptamente la lavada de los coroticos para, de seguidas, preguntarse en medio de una terrible angustia:

“¿Quién podrá ser a estas horas de la noche?”

(ding, doooong)

-¡Abran la puerta, en el nombre de la Ley!

Ahí se prende el paranpanpán. Es que todos los cuentos que nos decimos, suspendidos en el arca de los tiempos ancestrales, se originaron en la angustia del primer homo sapiens. En su primer gruñido armónico o en el primer gesto de asombro, hace más de 2.500.000 años. El devenir pues, puso a estos panas en tres y dos, y digo yo que por eso dejaron de limpiarse las pelambres de la espalda unos a otros, para dedicarse al cotorreo, una vez arreglado el asunto de las cuerdas vocales, la lengua y todo el sistema que tal y tal, hace alrededor de 50.000 años:

-Chamo, tienes tu siembra abandonada. Ese terreno ´tá montao. Y tú también vives montao, qué bolas…

-Es que eso es muy rico, ¿qué quieres tú, ah? Debo ampliar mi progenie para aspirar a tener mi propia tribu. Y nos vemos. Es tarde ya me voy, mi negrita me espera, hasta mañana. Chau.

Y así. En realidad, no sabemos cuándo comenzamos a hablar, pero, por otro lado, de acuerdo con las pruebas acopiadas, la capacidad de escribir la adquirimos hace seis mil años antes de Cristo. Pictogramas, ideogramas, jeroglíficos y demás. A la par que desarrollábamos la escribidera, rimábamos. Esto que quiere decir que, desde entonces, somos poetas por necesidad. Es que los viejitos de la tribu descubrieron que, si rimaban, el mensaje le llegaba clarito a los muchachos quienes después lo podrían repetir, para preservar la historia de todos:

“Me puse a amarrá una burra

a la pata de un cují

la burra patá conmigo

y yo siempre la amarré…”

- ¿Qué te parece nietico?

- Nojoda abuelo, eso no pega.

En 305 D.C., los chinos inventaron planchas de cerámica pudiendo imprimir en ellas muchas hojas de papiro que serían distribuidas por todo el reino y en 1440 pues nada, Gutenberg cambió para siempre la forma de comunicarnos. Es que somos el epítome de muchas historias, cuentos, chismes y chascarrillos que compartimos desde siempre, hasta que un día llegamos a la excelsitud más alta y entonces comenzamos a caernos a mojones nosotros mismos. Ahí nadie nos gana. Tal es el caso de un bonaerense que, por estos días frente a la tele, se quejaba de la paupérrima bolsa que reparte Fernández mensualmente. Le quitaron cinco productos al pobre señor y eso que el tipo es fan de este otro. Así no se puede chamo. Pero te digo una vaina: esa peli también me la sé. Y porque me la sé, te digo, que a ti no hay que regalarte un coño, ché. Mecanismo tenebroso y coñoemadre ese repartimiento gratis de comida. Un gobierno serio no genera dependencia. Más bien, contribuye a que el ciudadano eche pa´lante, pero eso es precisamente lo que prohíbe una dictadura. “Progresan” pero para maltratar al ciudadano hasta desvencijarlo y quitarle nojoda, hasta el último par de medias. Eso de esperar que un tipo venga a ponerte algo de comida en la mesa, te achicharra el coco. Te ofende, date cuenta. Es que tener a la gente en perpetuo suspenso es una de las características más prominentes de una dictadura. Ahí, pendientes y salivando por un mensaje que les cambie la vida en la forma de un bono de medio dólar. Coño, qué éxito. No es que una economía de libre mercado no tenga pifias, pero al menos en este país, nunca se ha visto la enfermiza altivez de un tipo que te amenace con dejarte sin papa, a la hora del té:

- ¿Pa´donde van a agarrar con esa pata hinchá? Soy Dios, coño. Y no la chillen, porque ahí les deposité una güevonaíta en la cuenta.

Yo digo que después de 2.500.000 años, habría que pedirle disculpas a Hannah Arendt, la filósofa que mejor diseccionó el funcionamiento de una dictadura. Qué pena con esa señora. ¿Tú sabes lo que es joderse tanto para que ahora los peruanos elijan libremente al tipo que les hará la vida de cuadritos y que eventualmente pondrá al país al servicio de potencias extranjeras? Es que por estos días montar un parapeto comunista es más fácil que hacer panquecas de Aunt Jemima: Disolver el Congreso>Asamblea Constituyente>Nueva constitución, y listo. A este fulano habría que repetirle aquello de Juan Gabriel: Lo que digas, me lo sé ya de memoria. Qué batiburrillo, caballero.

Tener a la gente en perpetuo suspenso, es una de las características más importantes en una dictadura porque doquiera que germine este gran cuento y de acuerdo a las particularidades de este u otro país, pa´llá es que van. Está en el libreto de Antonio Gramsci, el ideólogo marxista italiano:

Camaradas: Para mañana, un anuncio patriota, puntual y muy heroico. Como dirían nuestros hermanos del Asia: Si no hay lial, no hay lopa. O se inscriben en el partido, o no hay vacuna. O no hay harina pan. O no hay luz. Tampoco gas.

Es que coberos, cuenteros y criminales es lo que siempre ha sobrado en este mundo desde que bajamos de la rama y comenzamos a envidiar el trigal de los vecinos. Llegarán los chinos, llegarán los cubanos. A Castillo, los aseres antillanos le dirán que el tipo es más bravo que Túpac Amaru. Los chinos por su parte, enviarán emisarios chiquitos y flacos que, hechos los pendejos, ofrecerán llevar un trencito supersónico que paseará por las adyacencias de Machu Pichu haciendo las delicias de grandes y chicos. ¿Un Evo en tierras incas, pero con sombrero? Bueno, ahí te lo dejo. El llano agarró candela y el jolgorio de la progresía mundial no puede ser más grande, pero yo te cuento un cuento:

No eran diez, sino siete los negritos y siete los pasajeros del Nostromos: Consideramos como un hito el planteamiento técnico y sci-fi de Alien. Antes de esta película, los acercamientos de Kubric con relación al tema fueron vitales, pero nada como Alien: El Octavo Pasajero. También el libreto es de suma importancia: Una raza parasitaria que pretende colonizarnos, pero antes debe matarnos. Coño, mano… Sin embargo, hay un aspecto filosófico del que no nos enteramos, y eso que nació con nosotros hace millones de años: Le perdimos el miedo a ser devorados por los dinosaurios. Ya no le tememos al invitado siniestro que entra en tu casa, como los chinos que ofrecen tetas y hermosos culos por Tik Tok y todo mundo gozando una bola. ¿Quién dijo que el miedo es malo, si como sabemos, es lo que nos permite guarecernos in extremis por allá en aquellas cuevas? El mayor de todos los terrores es ser defenestrados del tope de la cadena alimenticia y en el fondo en esto radica el éxito del film. Igual pasó con Tiburón. Pero Latinoamérica se entrega primorosa. Le abre las paticas a estos miserables ¡Ven a mí que tengo flor! Gime Fernández desde Argentina. El mundo, ya lo ves, ta´ puyao, como el whisky margariteño. Una nave espacial con siete mil millones de carajos adentro. Todos presos e hibernando. No tendremos oportunidad de decirle al compañero que va al lado: Eso nos pasó por agüevoniaos. El Octavo Pasajero es China. El puesto se lo disputa Rusia. Biden cree que donkey penis is a horn y si a mí me hubiesen dicho que nos iba a pasar toda esta vaina me quedo en mi rama tranquilito y esperando a que pase el vendaval. Y Váyalo.