He pasado hace relativamente poco tiempo la barrera esa
de no saber dónde fue que puse las putas llaves. Pana, muevo cielo y tierra y
nada. “Es que me las agarraron”, digo. En consecuencia, culpo a todo lo que se
mueva:
-Coñooo que no me toquen mis vainaaaaaas, ¡nojoda!
-Señor Chino, tenga sus llaves, dice Indira, que es la
señora que insiste en trabajar en mi casa, porque es terca o muy valiente. O
las dos cosas.
-Ahhhhh, ¿viste la vaina? ¡Ya aparecieron! ¿Y dónde
estaban?
-En el pantalón que se quitó ayer…
Responder no tiene caso. Tomo las llaves y me retiro del
lavandero discretamente como un novio ofendido en su amor propio.
Te digo que he rebasado esa alcabala memorial y me
adentro hasta llegar a otra decididamente más arrecha: Ver el frasco de
pastillas y no poder recordar en absoluto si ya me tomé la correspondiente. De
repente si, de repente no. Tipo Tin Marín. Sobre estas cosas reflexiono al día
siguiente por la mañanita. La memoria cortoplacista a veces me es muy esquiva y
la de larga data crece como la verdolaga o el caimito. Por ejemplo, puedo verme
junto a mis hermanos haciendo la fulana competencia del “Yo lo vi primero”. Me
refiero a los Volkswagen. No adviertes cuantos carros de estos hay por allí,
hasta que te fajas a contarlos desde un balcón, aturdido como estás por el
calor y por el no tener nada qué hacer. Te hartas, haces un conciliábulo con
tus hermanos y solicitas a la Directiva que los lleven de paseo. Exigencia
inaplazable de quien pide mejoras en el salario, una huelga de hermanitos
ladillados es la que va. Así que una tarde, nos llevaron al Parque Ayacucho, un
sitio maravilloso que tenía por protagonista principal la estatua ecuestre del
Gran Mariscal. Por allá, se arremolinan los cumanesitos alrededor del grupo
performancista “Viva la Gente”. Si. Están de visita en la ciudad. El mismo que
cantaba aquello de “las hay dondequiera que vas”. “Viva la Gente” fue un
verdadero suceso en la Venezuela setentosa y en el resto del mundo. Las
gráciles muchachas llevaban faldas sin blumers y no existía para ellas el
sostén, razón por la cual mis paisanitos se acercaban salivantes a las catiras
pulposas, como los yanomamis curiosos tocaban las barbas del hombre blanco allá
en el año catapum. En tremendo peo se metieron de policía y demás, pero
nosotros, a lo nuestro:
Pues que andábamos jodiendo tratando de atinarle a las
muchísimas del caballo de Sucre a punta e´mangos, pero la Directiva, (es decir,
nuestros padres) estaba ensimismada en las cosas que decía un señor grueso y de
mediana edad alrededor del cual se reunían muchas otras personas. Se trataba de
Chichón Peinado. Chichón, de quien me hice muy amigo mucho después, era el alma
del Parque Ayacucho en esas tardes de encuentros buenos y de esperar que las
brisas del río Manzanares revolotearan en completa libertad, y todo mundo con
su heladito Frapé en la mano. Las vainas salerosas que compartía el gran
cuentista que fue este pana, eran del tipo así:
-Para 1888, la ciudad aún no contaba con una estatua de
nuestro hermano, Antonio José. El día que la trajeron, mira, por allá por aquel
recodo del río, el barco de gran calado llamado “La Popa de Zamora” en el que
venía el general, tuvo que esperar un poco porque la policía investigaba el
hallazgo de la osamenta de un chino…(Chichón esperando la reacción. Nada)…para
1856 ya habían en Cumaná muchos chinos lavanderos que le echaban bola en las
riberas del Manzanares y pasados mas de treinta años, resulta compai, que el
día señalado para celebrar la llegada de la estatua, encontraron los huesos de
un chinito y la cosa se puso fea…
Y yo, que fui llamado por mi madre “Imprudencia” Alvarez
por todo el tiempo que duró mi infancia, tuve la osadía de interrumpir para
preguntar lo obvio:
-Ajá. ¿Y cómo sabían que era chino?
-Porque tenía una lumpia en el culooooooooo,
jajajajajaja, tronó Chichón Peinado. Mentira compaíto, -siguió entre risas- eso
es echando vaina, vale. Véngase catirito y bébase una Kola Glaciére conmigo.
Claro que el chiste me lo llevé a la escuela porque si a
mí me jodieron….
Los muchachos de “Viva la Gente” eran chamos sanos que llevaban un mensaje
de amor y de confraternidad por todo el ancho mundo. Sus temas eran simples y
atiborrados de gracia, como por ejemplo ese del “París se quema”, que con la E,
se convertía en “Perés se queme, se queme Perés” y así con la I o con la U.
Tenían además, uno dedicado al siglo XXI, época en que, según ellos, todo sería
coser y cantar. Pero quién lo diría. Llegamos al llegadero. Los locos se
adueñaron de la clínica…y todo ese bla bla bla. Para mi generación, que tuvo la
oportunidad de saltar de la televisión en blanco y negro a Netflix y de los
discos de acetato a los cartuchos y de aquí al cassette, al cd, a YouTube y así
y así, queda seguir peleando y advirtiendo, porque conocemos de otros mundos,
más ingenuos si tú quieres, pero mucho más felices. Es que habría menos gente
difícil, y mas gente con corazón. Y váyalo.
85Tú, José Pulido, Golcar
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